El crecimiento ha ocurrido prestando muy poca atención a los ciudadanos
Renovar
VICTOR ARTIS
Tres millones y medio de personas era la población nacional en 1936 y de ellos 825.000 vivían en 40 ciudades. De estas, catorce tenían más de 10.000 habitantes y solo diez superaban los 20 mil. Caracas y Maracaibo eran las únicas con más de 100 mil. Vivíamos en un país rural, sin congestiones ni fatigas urbanas. Hoy, de unos 30 millones, 27 vivimos en ciudades fallas en movilidad, servicios públicos, equipamientos, seguridad y lo más ignorado, gerencia urbana.
El crecimiento ha ocurrido prestando muy poca atención a los ciudadanos porque parece prevalecer la mentalidad colonial de cuando todo dependía de la corona. Una vez liberados de reyes, el país no evolucionó hacia una sociedad de ciudadanos con deberes y derechos servidos por gobiernos humildes y equilibradores. Quizás este sea el origen de la irrelevancia de los intereses comunes y de mecanismos como la planificación urbanística, avizoradora del futuro.
La expansión ocurrida entre 1936 y 1961 urbanizó territorios sumando iniciativas privadas con soluciones gubernamentales tardías a las crisis. Es obvio que hoy la capital y otras urbes no funcionan, pero nada impide aprender del proceso para enmendar deficiencias. La planificación urbanística se ha dedicado (y casi limitado) a santificar hechos cumplidos, actitud comprensible porque este crecimiento vertiginoso ocurrió contando con muy pocos profesionales entrenados en urbanismo. Ahora que disponemos de conocimiento y experiencia, nada nos impide proponer metas para lograr ambientes urbanos eficientes, agradables y sostenibles.
Las ciudades seguirán creciendo y será necesario corregir deficiencias, lo que enfrentará intereses privados con el interés general, actitud evidente en los barrios, porque allí se justifica la desconfianza. Mejorar se ha intentado rezonificando, como en Las Mercedes, donde aumentó el espacio recreacional público por persona y mejoró el drenaje. Pero en El Paraíso, El Rosal y Campo Alegre, los índices de los equipamientos, los servicios y la vialidad no variaron con las demandas de la nueva población y son ejemplos de urbanizaciones en decadencia.
Para evitar el deterioro al renovar, es necesaria una legislación que defina la rezonificación como sinónimo de reurbanizar. Bajo este criterio, correspondería a los propietarios de los inmuebles ejecutar las obras para reurbanizar y convenir en condicionar los incrementos de construcción a la dotación de servicios, vialidad y equipamientos. Pero una municipalidad, debería asumir los costos de las vías, equipamientos o servicios que tuvieran un de alcance general. Esto difiere de lo usual, donde las municipalidades recaban recursos con un impuesto sobre el diferencial de construcción adicional y no cumplen el compromiso de ejecutar las obras previstas. Para adoptar este modo de hacer, los gobernantes deberían dejar de lado la actitud monárquica que los infla al conceder permisos y dedicarse a proponer y estimular buen urbanismo. Así las ciudades no se configurarían a pesar de las autoridades sino gracias a ellas.
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